En la madrugada de aquel bosque mediterráneo, no se oía más que el viento agitando suavemente las flores y las copas de los árboles más frágiles, condenados a bailar noche tras noche una danza que solo tocaría a su fin al amanecer.
Silencio. Todo estaba tranquilo.
Solo un elemento no concordaba en aquella rutina nocturna. En la llanura, sobre la colina más alta, se erguía una extraña sombra. Una figura de tamaño considerable.
Era un lobo.
Jadeaba. Su negro pelaje erizado se movía suavemente, agitado por el viento. Tenía el hocico cubierto de barro, al igual que sus patas traseras. De entre sus afilados dientes asomaba una larga lengua. En sus ojos se adivinaba un brillo de inteligencia.
Estaba erguido, con las orejas tiesas. Olfateaba el aire.
Frío.
Así estuvo un largo rato. Súbitamente bajó las orejas y se tumbó, temblando.
Tenía hambre, mucha hambre. Y sueño. Y sed, se moría de sed. Y sobre todo miedo, mucho miedo. Aquel lugar era nuevo para él. Y estaba al borde del agotamiento.
Frío.
El lobo estaba encogido, con el pelo erizado, y tiritaba. En absoluto se parecía al gran líder de manada que había sido en su momento. En un último esfuerzo, trató de sobreponerse y empezó a levantarse lentamente. Caminó un par de pasos y, vencido por el agotamiento, se desplomó.
Todo volvía a estar en calma de nuevo.
Amanecía. El lobo seguía en el mismo lugar donde horas antes se había desplomado. Abrió los ojos lentamente. El sol le quemaba el hocico. Su pelo ya no era suave; estaba sucio y enredado. Ya con renovadas fuerzas, se levantó. Escuchó atentamente.
Silencio.
Seguía teniendo hambre.
Echó a correr hacia las afueras, camino del pueblo. Sabía que no debía, pero era su única esperanza. Y estaba desesperado.
Después de un largo camino, de repente, se paró en seco. Se irguió y olfateó. Se ocultó tras un árbol.
Por el sendero se acercaba lentamente una figura roja. El lobo la observaba. Agudizó la vista. Era una niña.
Una jugosa y tierna niña.
El lobo intentó sobreponerse. ¡No! ¡No debía! ¡Antes muerto que hacerle algo así a un ser humano!
Temblaba. Sudaba. Estaba indeciso. Su canino corazón latía velozmente. Seguía sudando. Estaba al borde del colapso.
La niña pasó de largo. Y cogió un camino especialmente largo. El lobo lo sabía. Había estado en aquellos terrenos suficiente tiempo como para conocer la zona.
La tentación era grande. Estaba cada vez más desesperado. Finalmente, el hambre y el instinto vencieron a la ética que residía en su mente, superior a la de cualquier lobo corriente.
Corrió. Corrió con todas sus fuerzas por un camino más corto. Babeaba. Sabía que aquello podía ser su perdición. Lo sabía.
Se arriesgó.
Tras una larga carrera, llegó a su destino, la casa más cercana. Una vez más, trató de sobreponerse al instinto. En su mente se libraba una lucha a muerte entre su lado racional y su lado salvaje.
Tenía hambre, pero los seres humanos siempre le habían tratado bien, exceptuando dos que habían intentado, sin éxito, darle caza.
Se aferró a esa idea. Su parte racional estaba ganando terreno.
De pronto se oyó un disparo. Después un aullido de dolor. Después nada. El lobo vio como pasaban por su lado unos cazadores, que llevaban una red en la que había un animal. Se fijó. Estaba muerto; y era uno de los de su antigua manada.
Aulló, furioso. Su parte racional estaba acorralada por el instinto.
Cegado por el odio y la desesperación, corrió hacia la casa, saltó por la ventana y entró, rabioso. Sentada en una mecedora, haciendo punto, había una anciana.
El lobo cogió impulso, saltó y clavó sus colmillos en la yugular de la anciana. Se oyó un grito ahogado. Después silencio. Y en ese momento su parte racional cayó al vacío.
Y ya había probado la sangre.
Ya no era consciente de sus actos. Agudizó el oído. Se oían golpes en la puerta. Corrió a esconderse debajo de la cama.
Era una niña humana. La niña de rojo. El lobo no pudo contenerse más. Cogió carrerilla y, recordando a los cazadores, se abalanzó sobre ella, que lanzó un grito. Él le hincó los dientes en la pierna. La niña lloraba. El lobo nunca se perdonaría lo que hizo a continuación. Con un aullido de triunfo, saltó sobre ella y la devoró.
Cuando terminó, exhausto, se desplomó en la cama. Se le nubló la vista. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue una figura humana acercándose a él.
Cuando despertó, tenía las uñas y los dientes llenos de sangre seca, y una larga cicatriz en el vientre, pero no le importó.
Salió de la casa y se adentró de nuevo en el bosque, del que nunca volvería a salir. Tras una larga caminata, encontró un pozo. Y seguía teniendo sed. No bebía agua desde hacía días.
Se acercó lentamente. Le pesaba el cuerpo desde que se había despertado .Solo le separaba del pozo un gran charco de lodo.
Pero necesitaba beber.
Se adentró un poco en el fango. Siguió andando hasta que le llegó al cuello. Continuó prácticamente nadando hasta que alcanzó el otro lado.
Aulló, triunfal.
Introdujo la cabeza en el pozo, y después las patas delanteras. De pronto, algo le empujó por detrás y le hizo caer al pozo.
Trató de mantener la sangre fría. Intentó salir por su cuenta, pero las paredes del pozo resbalaban. Aulló pidiendo socorro, pero nadie acudió en su ayuda. Trató de no ahogarse con todas sus fuerzas. No se rendiría mientras le quedara un halito de vida.
De pronto, se quedó paralizado. Se oyó un aullido burlón que provenía de fuera.
El lobo no pudo aguantar más y, vencido por su único depredador, se hundió lentamente en el agua.
Nunca supo si fue algún miembro de su manada quien le empujó. En su corazón lobuno siempre estaría la llama de la duda.
(2007)
Hola Abrahel.
ResponderEliminarHe leído el relato y es original. En vez de aparecer el lobo como suele, como un depredador, lo presentas como un ser con dudas y sin tener muy claro si debe actuar bien o mal. Respecto a los elogios, son compartidos. Yo he leído mucho y también pienso que tienes una gran prosa.
Mi relato de "El enloquecido Conde de Rueda" lo escribí a partir de una semana que estuve allí, en Rueda, (Valladolid), en un taller de creación audiovisual. Hicimos un poco de todo: Escribir historias, realizar reportajes fotográficos y grabar pequeños cortos. La casa en la que nos alojábamos era propicia para toda clase de historias de terror. La verdad es que me gustaría rodar algún corto de más entidad allí.
Respecto a que hayas visto la mayoría de las historias de mi Blog escritas en inglés, lo hice con un traductor por si había gente de otros países que visitaba la página. Si buscas más atrás encontrarás las mismas historias en español.
Espero seguir leyendo buenos relatos y poemas tuyos.
Un saludo.
¡Ah, se me olvidaba! El Relato del Conde de Rueda pretende ser un homenaje a Edgard Allan Poe, que es uno de mis escritores favoritos. Tanto su estructura como la forma en la que está escrito es parecido a las de sus cuentos.
ResponderEliminarSaludos.