El silencio en el que la noche estaba envuelta hacía vibrar las cuerdas de mi alma, mientras el viento helado, tratando de arrancarme la capucha con la que ocultaba mi rostro a las estrellas, solo avivaba la llama que las últimas semanas habían prendido dentro de mí. La luz del crepúsculo proyectaba sobre el asfalto la sombra de las casas, creando un contraste que solo conseguía hundirme aún más en mis divagaciones, que pasaban de claro a oscuro tan velozmente como se agolpaban en mi cabeza.
Con las manos en los bolsillos, quizás tratando así de que los minutos no se deshicieran entre mis dedos, vagaba como cada noche por las calles desiertas del pueblo, solo acompañada por el suave quejido de las hojas a mi paso, como queriendo hacerme ver que desentonaba en la onírica escena que se abría ante mí.
Pocas horas pasaron antes de que avistara lo que hacía de aquella noche diferente a las demás. Me acerqué sin decir una palabra y me senté en un banco, donde alguien sollozaba de forma casi imperceptible. Comprendí entonces que aquel llanto albergaba mucho más que cualquier otro que hubiera presenciado. Esa persona lloraba para sí, desde lo más profundo de su corazón, exhalando con cada respiración el dolor de toda una vida, de toda una historia. Lloraba y cada gota que caía yo la enjugaba con el dedo, haciéndome así partícipe de ese sufrimiento que iba escapando de una cárcel hecha solo de sonrisas, apariencias…y sobre todo de miedo.
Cuando se agotaron las lágrimas alcé la vista y miré de frente a unos ojos por primera vez libres, receptivos, y en los cuales la tristeza más absoluta había dejado paso a la rabia contenida, también ansiosa de huir del cuerpo y unirse a la armonía nocturna. Solo sosteniendo la mirada pude decir aquello que deseaba: “¡Corre! ¡Corre hasta que las fuerzas te abandonen, siéntete un solo ser con el mundo! A partir de ahora estaré a tu lado…desde este momento no dejaré que te hundas en el caos de nuevo.”
Una sonrisa apareció en sus labios, que ya eran míos. Entrelazados los dedos, con la mente despejada y el furor a flor de piel, comenzó una carrera desenfrenada, sin rumbo, solo el aire zumbando alrededor y siluetas borrosas que se iban sucediendo a ambos lados.
El calor crecía hasta hacerse insoportable, la respiración se entrecortaba con cada paso, pero cuanto más espacio quedaba atrás más aumentaban las ganas de seguir hacia delante y de recorrer cada lugar, cada camino que existiera en ese momento. La sensación era de volar, la risa y de nuevo el llanto no podían evitar filtrarse desde lo más hondo hacia la inmensidad…
Entonces comprendimos que todo el universo, durante un instante, fue nuestro.
(2011)