El Club de las Siete y Media

Si no importa el hielo profundo,
si la locura extiende las alas,
y acompañan tiempo y tragedia...

¿qué importará, entonces, al mundo
este concilio de almas quebradas,
este Club de las Siete y Media?

(2011)

Talento innato


¿Qué conseguirá
el poeta descarriado
si pone su pluma
al servicio del papel?

No, blanca frescura,
no evadirás por más tiempo
mi corazón desesperado,
ni del viento el renacer.

Ya volvió lo inmensurable,
ya el furor de las palabras
va doblegando mi puño,
virtud de la verdad.

Servidora del destino,
en tumba de miedo y ego,
consciente de su talento:
la mediocridad.

(2011)

En soledad*

Lleva tu ángel hasta el fin,
guarda las rosas, no morí.
Dejé los truenos para ti,
nunca me fui.

Díselo al mundo, estoy aquí,
no se volar, al fin caí.
Eres el viento para mí,
dulce susurrar
que escucho palpitar
si  no hay esperanza.

En soledad,
siempre caminando en soledad.
La tempestad
me mantiene firme, y no se va,
siempre en soledad.

Duerme para no despertar,
lejos del mundo y lo real,
pues ellos se asegurarán.
No tienes que ver quién ahora puedo ser,
no hay esperanza.

En soledad,
siempre caminando en soledad.
La tempestad
me mantiene firme, y no se va,
siempre en soledad.

Miro desde el cielo, de ti nunca me alejé,
cada movimiento sentiré…

En soledad.

En soledad,
siempre caminando en soledad.
La tempestad
me mantiene firme, y no se va,
siempre en soledad.

(2011)
   
*Traducción libre de la canción original I walk alone, de la cantante Tarja Turunen.


Aún indignados (o el sentimiento 15-M)

¡Que se abran los cielos!
¡Que ardan conciencias!
¡Que el muerto en su tumba
nos oiga gritar!

Si aún confiamos
en tiempos mejores,
unidos podremos
la voz afilar.

Las jóvenes fieras
debéis rebelaros,
las flores marchitas
debéis resurgir,

que lo que los medios
olvidan tan pronto
no puede en nosotros
dejar de vivir.

Queremos valores,
gobiernos reales,
no buitres sedientos
de oro y caviar;

ni burdas propuestas
de nula mejora,
vacío argumento
y apócrifo hablar.

Pidamos justicia,
las calles nos llaman,
y todos tenemos
derecho a elegir.

¡Los grandes imperios
que siguen las masas
no pondrán cimientos
encima de mí!

La tan decisiva
última palabra...
¿reside en el pueblo?
¡Así debe ser!

Defendamos nuestros
legítimos sueños,
jamás nos rindamos...
Es nuestro el poder.

(2011)

Caperucita roja

En la madrugada de aquel bosque mediterráneo, no se oía más que el viento agitando suavemente las flores y las copas de los árboles más frágiles, condenados a bailar noche tras noche una danza que solo tocaría a su fin al amanecer.

Silencio. Todo estaba tranquilo.

Solo un elemento no concordaba en aquella rutina nocturna. En la llanura, sobre la colina más alta, se erguía una extraña sombra. Una figura de tamaño considerable.

Era un lobo.

Jadeaba. Su negro pelaje erizado se movía suavemente, agitado por el viento. Tenía el hocico cubierto de barro, al igual que sus patas traseras. De entre sus afilados dientes asomaba una larga lengua. En sus ojos se adivinaba un brillo de inteligencia.

Estaba erguido, con las orejas tiesas. Olfateaba el aire.

Frío.

Así estuvo un largo rato. Súbitamente bajó las orejas y se tumbó, temblando.

Tenía hambre, mucha hambre. Y sueño. Y sed, se moría de sed. Y sobre todo miedo, mucho miedo. Aquel lugar era nuevo para él. Y estaba al borde del agotamiento.

Frío.

El lobo estaba encogido, con el pelo erizado, y tiritaba. En absoluto se parecía al gran líder de manada que había sido en su momento. En un último esfuerzo, trató de sobreponerse y empezó a levantarse lentamente. Caminó un par de pasos y, vencido por el agotamiento, se desplomó.

Todo volvía a estar en calma de nuevo.

Amanecía. El lobo seguía en el mismo lugar donde horas antes se había desplomado. Abrió los ojos lentamente. El sol le quemaba el hocico. Su pelo ya no era suave; estaba sucio y enredado. Ya con renovadas fuerzas, se levantó. Escuchó atentamente.

Silencio.

Seguía teniendo hambre.

Echó a correr hacia las afueras, camino del pueblo. Sabía que no debía, pero era su única esperanza. Y estaba desesperado.

Después de un largo camino, de repente, se paró en seco. Se irguió y olfateó. Se ocultó tras un árbol.
Por el sendero se acercaba lentamente una figura roja. El lobo la observaba. Agudizó la vista. Era una niña.

Una jugosa y tierna niña.

El lobo intentó sobreponerse. ¡No! ¡No debía! ¡Antes muerto que hacerle algo así a un ser humano!

Temblaba. Sudaba. Estaba indeciso. Su canino corazón latía velozmente. Seguía sudando. Estaba al borde del colapso.

La niña pasó de largo. Y cogió un camino especialmente largo. El lobo lo sabía. Había estado en aquellos terrenos suficiente tiempo como para conocer la zona.

La tentación era grande. Estaba cada vez más desesperado. Finalmente, el hambre y el instinto vencieron a la ética que residía en su mente, superior a la de cualquier lobo corriente.

Corrió. Corrió con todas sus fuerzas por un camino más corto. Babeaba. Sabía que aquello podía ser su perdición. Lo sabía.

Se arriesgó.

Tras una larga carrera, llegó a su destino, la casa más cercana. Una vez más, trató de sobreponerse al instinto. En su mente se libraba una lucha a muerte entre su lado racional y su lado salvaje.

Tenía hambre, pero los seres humanos siempre le habían tratado bien, exceptuando dos que habían intentado, sin éxito, darle caza.

Se aferró a esa idea. Su parte racional estaba ganando terreno.

De pronto se oyó un disparo. Después un aullido de dolor. Después nada. El lobo vio como pasaban por su lado unos cazadores, que llevaban una red en la que había un animal. Se fijó. Estaba muerto; y era uno de los de su antigua manada.

Aulló, furioso. Su parte racional estaba acorralada por el instinto.

Cegado por el odio y la desesperación, corrió hacia la casa, saltó por la ventana y entró, rabioso. Sentada en una mecedora, haciendo punto, había una anciana.

El lobo cogió impulso, saltó y clavó sus colmillos en la yugular de la anciana. Se oyó un grito ahogado. Después silencio. Y en ese momento su parte racional cayó al vacío.

Y ya había probado la sangre.

Ya  no era consciente de sus actos. Agudizó el oído. Se oían golpes en la puerta. Corrió a esconderse debajo de la cama.


Era una niña humana. La niña de rojo. El lobo no pudo contenerse más. Cogió carrerilla y, recordando a los cazadores, se abalanzó sobre ella, que lanzó un grito. Él le hincó los dientes en la pierna. La niña lloraba. El lobo nunca se perdonaría lo que hizo a continuación. Con un aullido de triunfo, saltó sobre ella y la devoró.

Cuando terminó, exhausto, se desplomó en la cama. Se le nubló la vista. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue una figura humana acercándose a él.

Cuando despertó, tenía las uñas y los dientes llenos de sangre seca, y una larga cicatriz en el vientre, pero no le importó.

Salió de la casa y se adentró de nuevo en el bosque, del que nunca volvería a salir. Tras una larga caminata, encontró un pozo. Y seguía teniendo sed. No bebía agua desde hacía días.

Se acercó lentamente. Le pesaba el cuerpo desde que se había despertado .Solo le separaba del pozo un gran charco de lodo.

Pero necesitaba beber.

Se adentró un poco en el fango. Siguió andando hasta que le llegó al cuello. Continuó prácticamente nadando hasta que alcanzó el otro lado.

Aulló, triunfal.

Introdujo la cabeza en el pozo, y después las patas delanteras. De pronto, algo le empujó por detrás y le hizo caer al pozo.

Trató de mantener la sangre fría. Intentó salir por su cuenta, pero las paredes del pozo resbalaban. Aulló pidiendo socorro, pero nadie acudió en su ayuda. Trató de no ahogarse con todas sus fuerzas. No se rendiría mientras le quedara un halito de vida.

De pronto, se quedó paralizado. Se oyó un aullido burlón que provenía de fuera.

El lobo no pudo aguantar más y, vencido por su único depredador, se hundió lentamente en el agua.

Nunca supo si fue algún miembro de su manada quien le empujó. En su corazón lobuno siempre estaría la llama de la duda.

(2007)

Cofre Oscuro*

Una vez tuve un sueño,
y así fue...

Una vez, escuché
una medianoche que
la puerta se abrió.

Luego mi corazón
aprendió a volar
y escapé sin pensar.

Una vez, comprendí
que era hora de seguir
la luna y su luz.

Una vez, deseé
confiar en mí,
soñar y creer, ¡Oh!

Quiero volar
lejos sobre el mar,
las penas se iran,
y abrir una vez más

un cofre oscuro
lleno de paz,
visto por un niño
mucho tiempo atrás.

Aquel que surcó el mar es a quien en mi vida perdí,
hoy vuelve a mí y nos podremos unir.

Quiero volar
lejos sobre el mar,
las penas se iran,
y abrir una vez más

un cofre oscuro
lleno de paz,
visto por un niño,
mucho tiempo atrás.

(2010)

*Traducción libre de la canción original Dark chest of wonders de la banda Nightwish.



No hay vuelta atrás

Recuerdo aquella
pequeña niña
que solía ser.
Evoca recuerdos
de infancia
hasta que la alegría
fue dolor
y mi inocencia
desesperación
se volvió.
Me condenan
el odio
y la impotencia
producidos por
los que
me hicieron daño.
Vive tu vida,
no preguntes,
¡solo hazlo!
Ya que
yo no puedo
y no hay vuelta
atrás.
¿Cómo vivir
si quieres morir?
¿Cómo morir
si tu deseo es vivir?
Sufrir siempre
día tras día
por la razón,
simple razón,
de ser diferente.
Cuerpo vivo,
alma muerta.
Deseo de luchar,
necesidad de
dejar todo,
rendirme,
acabar con mi sufrimiento
para siempre.
Porque
no hay vuelta
atrás.
Recuerdo aquella
pequeña niña.
Evoca recuerdos,
bellos recuerdos
que resquebrajan
la fe,
y poco a poco
sacan la razón
por los ojos.
Evoca recuerdos,
recuerdos hasta
que no hubo nada.
Solo dolor,
solo desesperación.
Y no hay
vuelta
atrás.

(2007)